Suna Sumapáz. KYHYEKYN.

BOGOTÁ – BACATÁ

Los bogotanos provenimos de la rana, así como el resto de los mortales desciende del mono. Al menos eso creían nuestros ancestros muiscas, cuya lírica genealogía, según cuenta el reconocido etnógrafo Miguel Triana, atribuía el origen de la especie humana a las lagunas de donde ellos veían emerger las ranas que se escabullían saltando entre los juncos. La ciencia vino a confirmar después su observación intuitiva y alucinada: la vida se gestó en el agua. Será por eso que los habitantes de la sabana vivimos dando brincos para esquivar los charcos en las temporadas de lluvia, y para hacerle el quite a los automóviles que inundan nuestra urbe frenética. Lo cierto es que somos descendientes de los muiscas adoradores del agua y, de rebote, parientes lejanos de los batracios. Sin embargo, este árbol genealógico levantado en los juncales no halaga mucho a ciertos bogotanos que se creen de mejor familia. Muy a su pesar, en Bogotá abundan los sapos de saco y corbata, y algunos hombres del altiplano cundiboyacense tienden a desarrollar un abdomen batraciano sobre sus piernas macilentas, a manera de ancas de rana. Para reafirmar esta hipótesis, me remito a las pruebas: en las tapas de los contadores de agua de la ciudad se encuentra la imagen de un sapo aplastado, que, como un bizarro blasón, nos recuerda nuestro origen anfibio. Somos gente de agua.

Todo parece indicar que el paisaje que encontró don Gonzalo Jiménez de Quesada a su llegada a Bogotá estaba cundido de lagunas. Fray Pedro Simón, decano de los cronistas de Indias, consignó en sus memorias que el general Quesada entró a la sabana por el pueblo muisca de Suba un “domingo de Cuasimodo” del año del señor de 1538, donde fue recibido por los naturales con hospitalidad inusitada. Si nos atenemos al santoral católico, eso vendría a ser el segundo domingo de Pascua, es decir, finalizando el mes de marzo.